Quién soy

Hubo temporadas en que iba a la universidad a pie. No por salud ni por el planeta: el pasaje no cabía en el presupuesto.

Conocí la escasez de cerca. No la de las estadísticas, la de verdad: la que se mide en lo que no alcanza. Con los años entendí que eso no era mala suerte. Bogotá reparte las oportunidades como el ponqué en una fiesta grande: los que están cerca de la mesa repiten, y a los de atrás les llega la servilleta.

Ahí aprendí dos cosas. La primera: nadie viene a salvarte. La segunda me costó más verla: justo donde la necesidad debería volvernos egoístas, siempre aparece alguien que decide ayudar. El vecino, la señora de la tienda que fía, el compañero que comparte lo poco que tiene. Esa solidaridad no sale en los noticieros, pero es la que sostiene a Bogotá.

Durante años creí que todo dependía del esfuerzo individual. «El poder está en ti», repetía. Pasé mucho tiempo dentro de instituciones, siendo políticamente correcto, cargando imágenes prestadas que me quedaban como traje de segunda. Y viendo desde adentro cómo lo que es de todos a veces se decide para unos pocos.

Hasta que Dios me encontró. No me quitó la frase: me la explicó. Entendí que el poder no nace de uno mismo, y que tampoco es para uno mismo. Se recibe para servir. Y nadie decide por ti si lo vas a usar: ni el gobierno, ni el sistema, ni siquiera Dios.

Por eso hablo. Sin rabia, pero sin miedo. Hablo de una Bogotá donde el barrio en el que naciste todavía decide cuánto tardas en llegar al trabajo, qué educación recibes y qué tan lejos puedes llegar. De los privilegios que se disfrazan de mérito, y del mérito real que se pierde porque nadie le abrió la puerta. Y de la gente que construye en silencio sin que nadie le aplauda.

Lo que he visto me dejó una convicción: el subsidio alivia, pero la oportunidad transforma. Y la oportunidad que cambia una vida casi siempre tiene forma de colegio, de universidad pública, de biblioteca abierta. El Estado tiene que abrir esa puerta. Cruzarla es decisión de cada uno.

Hay otra parte que no se compra con presupuesto: la cultura ciudadana. Que el conflicto se arregle hablando, que lo de todos se cuide como propio y que el vecino del equipo de sonido entienda que el vallenato a las dos de la mañana no es un derecho fundamental.

En casa hay dos niñas, una de ellas todavía no me deja dormir, y una pregunta que tampoco: ¿qué Bogotá les vamos a entregar?

Durante años me limité a nombrar lo que veía. Ya no me alcanza. Llegó el momento de hacerme cargo de lo que propongo.

No tengo todo resuelto. Lo estoy resolviendo con honestidad, y a veces con humor, porque hay verdades que entran mejor con una sonrisa.

Digo lo que veo. Vivo lo que creo, o al menos lo intento. Creo en lo público cuando funciona, y en que la dignidad de una persona no debería depender de su estrato.

El poder está en ti. No porque todo dependa de ti, sino porque nada cambia sin ti. Y cuando muchos decidimos lo mismo, cambia Bogotá.